16 octubre, 2026

Víctor Mora: el guionista que transformó la aventura en el tebeo español


Introducción a la figura de un renovador del medio

En la historia de la historieta española del siglo XX, pocos nombres alcanzan la trascendencia cultural, narrativa y política de Víctor Mora Pujadas (Barcelona, 1923 - 2016). Guionista, novelista y traductor, Mora no solo dotó al tebeo de aventuras de una complejidad psicológica y argumental hasta entonces inédita en los quioscos del franquismo, sino que utilizó la ficción popular como un vehículo sutil pero implacable de resistencia antifranquista, valores democráticos y defensa de la justicia social. Su obra magna, El Capitán Trueno, dibujada inicialmente por Ambrós (Miguel Ambrosio Zaragoza), se convirtió en un fenómeno intergeneracional sin parangón, pero la trayectoria de Mora abarcó mucho más, extendiéndose por revistas fundamentales como Pulgarcito, DDT, Tío Vivo o Trinca, y expandiendo su producción a Francia durante su etapa de exilio político.

Orígenes, contexto y la llegada a Editorial Bruguera

Nacido en Barcelona en una familia de profundas convicciones republicanas y catalanistas, la infancia y juventud de Víctor Mora estuvieron marcadas por la dureza de la Guerra Civil española y la posterior dictadura. Estas vivencias moldearon su sensibilidad política y su compromiso ideológico, que más tarde se reflejarían en sus guiones. Su entrada en la industria del tebeo se produjo a finales de la década de 1940 en la Editorial Bruguera, el coloso de la edición barcelonesa que dominaba el mercado nacional del medio.

En Bruguera, Mora comenzó a destacar rápidamente gracias a su versatilidad. Aunque la editorial era célebre por sus tebeos de humor y ración corta de gags estelares —donde el propio Mora colaboraría con creaciones de corte humorístico—, el verdadero punto de inflexión llegó cuando la dirección buscó replicar el éxito de las grandes aventuras gráficas de importación y de los cuadernos de aventuras nacionales que comenzaban a proliferar tras el racionamiento de la posguerra.

La creación de El Capitán Trueno y la Edad de Oro del cuaderno de aventuras


En 1956, Víctor Mora, junto al dibujante Ambrós, dio vida a El Capitán Trueno, publicado en la colección homónima de cuadernillos apaisados de Bruguera. El protagonista, un caballero español de la época de la Tercera Cruzada, junto a sus inseparables compañeros Crispín y Goliath, y acompañado en numerosas tramas por la reina vikinga Sigrid de Thule, redefinió por completo el género de capa y espada en España.

A diferencia de los héroes unidimensionales habituales en el folletín de la época, el Capitán Trueno de Mora destacaba por su profundo humanismo. El héroe no luchaba simplemente por la corona o por la fe católica tradicional de las cruzadas institucionales, sino que ponía su espada al servicio de los oprimidos, luchaba contra la esclavitud, defendía a los campesinos frente a señores feudales tiranos y mostraba un respeto inusual por culturas ajenas. Esta subversión ideológica, camuflada bajo una aparente estética de aventuras medievales caballerescas, pasó los filtros de la censura franquista gracias a la pericia de Mora, quien utilizaba escenarios exóticos o históricos lejanos para hablar de la libertad, la solidaridad y la tiranía.

El éxito comercial fue arrollador, alcanzando tiradas semanales que se contaban por cientos de miles de ejemplares y convirtiendo el formato de cuaderno grapado apaisado en el motor de la industria durante la década de 1950 y parte de los años 60.

Ampliación de universos: El Jabato y otras creaciones señeras


Animado por el triunfo incontestable de su primer gran héroe, Víctor Mora repitió la fórmula magistral del éxito pero trasladando el contexto histórico a la época del Imperio romano y las luchas de los pueblos ibéricos contra el invasor. Así nació El Jabato en 1958, dibujado inicialmente por Francisco Darnís. Aunque compartía estructura con El Capitán Trueno —el triángulo protagonista formado por el guerrero valiente, el amigo bonachón y glotón (Tauro), y el joven audaz (Fidulín), además de la heroína culta y de estatus superior (Claudia)—, El Jabato permitió a Mora profundizar en temas como la lucha por la libertad de los pueblos subjugados, la esclavitud en el mundo clásico y la dignidad humana.

Paralelamente, Mora demostró una asombrosa capacidad creativa al coordinar y guionizar numerosas series de diversa índole, tanto de aventuras históricas como de ciencia ficción y fantasía, consolidando un equipo de colaboradores artísticos de primer nivel con los que mantuvo una estrecha y fructífera relación profesional.

Durante estos años, su firma se convirtió en sinónimo de calidad y respeto por el lector infantil y juvenil, elevando el nivel literario de los textos y los bocadillos, que destacaban por un vocabulario rico, descripciones cuidadas y un sentido del ritmo narrativo plenamente cinematográfico.

El exilio y la proyección internacional: La etapa francesa


La militancia antifranquista de Víctor Mora, integrada en el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), le acarreó graves problemas con el régimen. Fue detenido en varias ocasiones, lo que motivó su decisión de exiliarse a Francia a finales de los años sesenta.

Instalado en París, su carrera profesional experimentó una nueva dimensión. Lejos de desvincularse del cómic, Mora se integró con éxito en el mercado francobelga, uno de los más maduros y prestigiosos del mundo. Allí colaboró con publicaciones míticas como la revista Pif Gadget y trabajó junto a dibujantes de la talla de Víctor de la Fuente, Luis Bermejo, José Ortiz o el francés Jean Giraud (Moebius), con quien colaboró en obras de gran calado estético y narrativo.

Esta etapa francesa permitió a Mora liberarse de las ataduras de la censura española y explorar géneros más adultos, temáticas sociales complejas y un tratamiento de los personajes con una profundidad psicológica aún mayor, consolidando su reputación internacional como un guionista de primer orden en el panorama europeo.

El regreso a España y la modernización del cómic adulto en la Transición

Con la llegada de la Transición democrática, Víctor Mora pudo regresar de manera definitiva a España. El contexto del tebeo nacional había cambiado radicalmente; los cuadernillos de aventuras habían dejado paso al auge de las revistas para adultos de los años ochenta, un periodo conocido como el boom del cómic adulto español.

Mora supo adaptarse con brillantez a esta nueva etapa, participando en publicaciones emblemáticas como Rambla, Cimoc o Comix Internacional. En estas páginas, sus guiones abandonaron definitivamente cualquier coartada juvenil para abordar sin filtros la política, la memoria histórica, la represión, la sexualidad y la crítica social descarnada. Su obra de este periodo demuestra que su pluma seguía tan afilada y comprometida como en sus inicios, dialogando con una generación de lectores que había madurado con sus tebeos de infancia.

Legado e importancia histórica en el tebeo español


La figura de Víctor Mora resulta insustituible para comprender la evolución del tebeo en España. Su aportación fundamental consistió en dignificar el medio, transformando los argumentos de aventuras en vehículos de transmisión de valores éticos, democráticos y humanistas en un entorno cultural fuertemente constreñido por la censura.

Frente al modelo tradicional de tebeo de evasión acrítica, Mora introdujo la empatía hacia los vencidos, el rechazo a la crueldad gratuita, la defensa de la igualdad y un sentido de la justicia universal que caló hondo en millones de lectores. Su obra no solo resiste el paso del tiempo por su solidez narrativa y su capacidad para enganchar al lector, sino que constituye un valioso testimonio de resistencia intelectual y artística en tiempos adversos. Víctor Mora demostró que la historieta popular podía ser, al mismo tiempo, un entretenimiento de masas y una forma de alta literatura gráfica.